Como es natural, no solo tengo 65 años, también reúno esa maravillosa condición que nuestros hijos no podrán alcanzar a mi edad: haber cotizado 37 años y nueve meses para poderme jubilar ordinariamente. ¿Cómo?, ¿y usted no está jubilado?, se preguntarán. No, hombre, no, no vayamos tan deprisa…

Que haya cotizado no significa que a la Tesorería General de la Seguridad Social le conste que lo he hecho, al contrario, a pesar de trabajar en una administración local durante todos esos años (más 37,9) a la Munpal, o mejor dicho, a la Tesorería, o quizás a ambas, se les ha perdido la bonita cantidad de casi un año y medio de cotización. De tal suerte que desde que me enteré por mi vida laboral que tenía esa circunstancia no he parado de moverme para corregirla.

Llegado a este punto he de explicar que la respuesta de la Seguridad Social, que no de la Tesorería, puesto que esta ultima no atiende, siempre era: “cuando quiera jubilarse le estudiaran su caso”. Aún cuando existe un botón que en su momento usé en el acceso a la vida laboral, cuya utilización es más bien inútil, para “arreglar” el “si usted. no está de acuerdo”

Tampoco puedo decir que en las citas presenciales que he podido conseguir durante estos más de dos años de lucha la cosa haya mejorado puesto que la Tesorería, insisto, no atiende,

Así que el 22 de diciembre del año pasado pensé que tal vez me tocaría la lotería y solicite para el 19 de marzo, Día del padre, jubilarme.

La lotería solo toca a unos pocos y lo de jubilarme supongo que es un chiste que resolverán, a este paso, los tribunales, puesto que cuando escribo esta carta, casi un mes después de lo que debiera haber sido el paso a otra situación laboral, el expediente de jubilación que concluye en seis pasos no pasa del cuatro, como los meses que han pasado desde que lo solicité. Y aquí me tienen, trabajando… Así que cuando les pregunten sobre la jubilación, sopesen si se trata de una broma.

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